Se quiebra
mi luna. Van desnudos los locos por un sendero.
Veo una casa
onírica, y un soldado le mira a ella. Veo el rostro de un explorador de
abstracciones.
Un castillo
en el bosque y una fotografía hecha con un plumón. Y el buen observador nota
una muñeca y un muñeco de papel.
Hay nubes de
paz y nubes de guerra. Un zorro mira fijamente en el crepúsculo, rodeado de
cruces en un cementerio.
Una niña se
arrodilla a leer mientras un manifestante critica a los conservadores. Y el
bosque sigue ganando colores, y las fotografías siguen blanco y negro.
Veo curvas.
Veo rectas. Veo esferas. Veo cubos.
Veo la
intensidad del blanco y negro junto al rojo ardiente como el fuego, haciendo
conjunto perfecto.
Gente
simplificada cual objeto y gente amplificada cual poesía, todos congregados en
mis ojos.
Sigo el
camino de aquella cueva, y un lobo me guía. Mi luna se arma luego de haberse
quebrado y el verdor del bosque se hace intenso.
Negro y rojo
siguen uniéndose cual vino. Vino intenso, aunque yo no beba.
Escribir
todo esto o haberlo leído. Todo para ver que no es más que dibujos, pinturas y
fotografías descritas y unidas. Es la imaginación. No soy solo yo. Es ella, mi
compañera. Ella es la musa. Tan bella es la imaginación, que me regala sus ideas
y me permite usarlas. La imaginación es tan preciosa y sus caricias son dulces,
y es inevitable dedicarle algo de amor. No es una droga la que me permite ver
más allá, sino ella. Ella y no las cosas. Ella es mi pareja eterna.
Esto nace
del lirio que guardaba en la imaginación. Este es el deliro que guardaba en mi
imaginación.
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